jueves, 9 de abril de 2020

LA LINARES (fragmento)
Iván Egüez

     Ya nunca nadie volverá a ver a La Linares, me voy segura de lo que hago, cansada de este mundo de trapos, de esta ñoña infinita. Esta ciudad fue pueblo chico y por lo tanto infierno grande, tenía un gran estadio para la chismografía y las murmuraciones pero, también, aguas termales para curarse las venganzas y las envidias, tenía en las cuatro esquinas corrillos de beatas para bisbisear y jorgas de chullas para los piropos, para mirarme con sus ojos maldormidos porque se habían pasado contando cachos y cuentos de aparecidos hasta las seis de la mañana, pero ahora en cada esquina hay letreros luminosos que anuncian la lotería deportiva con mi nombre a ver si hay alguien, algún anónimo que acierte el acumulado poniendo en números de molde cuántos amantes ha tenido La Linares, cuántas manchitas negras tiene su abrigo de tigre que se exhibe en el Palacio Comercial, cuantos calzonarios usé en la década del cuarenta, cuántas noches de amor, cuántas de orgía, como si hoguera y orgía no fueran la misma cosa.
     Antes no pasaban de mirarme atrás de los visillos, pero ahora quieren verme en la televisión haciendo un programa para damas menopáusicas y caballeros capones diciéndome como al final de la vida, de la buena o puta vida, se puede encontrar a Dios, o que me arrepienta en público con lágrimas de mentol que me pondrán los ayudantes de escena un minuta antes de que me enfoquen las cámaras y que al final agradezca al señor gerente del Canal y a la Mutualista por haber hecho posible este programa de arrepentimiento. Antes hasta mis enemigos eran piadosos y no pasaban de decirme ahí va esa puta, esa vaga, esa meretriz, esa ramera, esa suripanta de la gran flauta, pero ahora me condenan a la firma de contratos, a soportar a los abogados y sus cláusulas, a los abogados y sus chalecos de dónde sacan entre el sudor de las axilas escribanas el papelito doblado veinte veces para no olvidarse lo que deben hacerme firmar. Firme por una año los derechos exclusivos para nuestra empresa , firme para siempre la concesión de su perfil para nuestra sociedad anónima, firme la autorización para que el barrio caliente lleve su nombre, autorice por favor la canonización si creemos necesaria, comprométase a asistir el banquete que darán el próximo año las damiselas de la Caridad.
    Los periódicos reproducen frases que no he dicho, relatan acontecimientos que no he protagonizado, insisten en la fantasía de que yo mantengo los conventos, que he donado mi herencia al Cardenal y que doy la subsistencia a cien familias pobres, me asedian con llamadas por teléfono, las callejeras y las novicias que estudian para monjas andan a la caza pidiéndome autógrafos, han grabado  discos con mi arrepentimiento imaginado por ellos, se han hecho canciones protesta con mi nombre, unos venera mi putería y otros mi conversión, me llueven matrimonios epistolares desde el extranjero, me han pedido autorización para poner mi nombre en un título “mi personaje inolvidable”; de cómo una prostituta de la Amazonia encontró a dios y a la civilización cristiana página treinta y tres”, me han pedido que sea militante del nuevo partido, que sea socia del Tenis, que me haga rotaria, que me haga leona. Me hacen entrevistas en las que ellos se preguntan y ellos se  contestan, no me dejan una ventana para asomarme, ni un valle para gritar, ni un pañuelo para llorar, ni una almohada para dormir. Me obligan hacer gimnasia, me llevan a los baños turcos, me esconden los ijares, me diseñan la ropa, me peinan, me pintan, me llevan a  paseo, me traen de paseo, conozco a las gentes a través de ceremonias, de presentaciones y representaciones envueltas siempre en el sudario de la petulancia o tras la máscara de la solemnidad, pero a nadie se le ocurrió prohibirme que mis decisión les arruine sus negocios y sus religiones. No me arrepiento de nada, la vida es vida y la muerte es muerte, a nadie se le ocurrió prohibirme que me haga loca, como loca se les hizo mi madre porque la vida es un camino que hay que andarlo no importa que sea por los aires.
     Esa alcoba que habrá de hacerse tierra un día cuando tú te hayas ido me envolverán las sombras la historia de su dueña y sus amores cuando tú te hayas ido tiene para seguir entristecida con mi dolor a solas sola abandonada y con clausura y evocaré este idilio esperando que vuelva la que un día en sus azules horas la cerró con candado de museo cuando tú te hayas ido y se marchó llorándola y queriéndola me envolverán las sombras porque al salir de ahí dejaba el camino por los aires de su vida de la pequeña alcoba se fue sin tocar nada dejando los recuerdos que ahí tenía me acariciaste toda dejando como tumba la cama de caoba cuando tú te hayas ido que tanto le abrigó y que desde niña me envolverán las sombras supo brindarle su anchura y sus tablones te buscará mi boca se dio a la vida como se dan las flores y aspiraré en el aire cuando se dan al sol al agua al aire como un olor a rosas y al tiempo se marchitan cuando tú te hayas ido me envolverán las sombras.
     Junto a la cama hoy ya bajo las ruinas de mis pasiones hay una repisa con fotos de ella y en el fondo de esta alma que ya no alegras había una sepia con su rostro de niña entre polvo de ensueño y de ilusiones con interminables bucles y un lazo en la cabeza brotan entumecidas en otro retrato mis flores negras ella estaba asomada a una nube ellas son el recuerdo de aquellas horas y en el retrato decía Recuerdo en que presa en mis brazos la otra es foto del colegio te adormecías con una gola marinera y bata a los talones míralas nada temas todos han querido llevarse esa postal son un despojo con el manto de la Virgen en el carro alegórico del jardín de mis hondas otra a caballo con botas de montar melancolías y en traje de baño con vuelos en los hombros y faldilla a la cintura mis flores negras.
     Dije usted pasara a inmortal y dije nunca imagine que al cabo de tantos años de haber oído hablar de usted yo llegue a conocerla en la forma que la he conocido. A primera vista no reconocí su rostro, tenía el rictus amargo de quien ha comenzado a saborear una muerte forzada, la catadura de quien quiere pasar inadvertido sin la vergüenza de ser identificado en esas condiciones y en esas trazas, sin la acostumbrada altivez de toda la vida, sin la posibilidad de retocarse de rato en rato en el espejo, de cerciorar el aliño, de alisar lo ajado, de remediar lo deslucido, de ser en definitiva una muerta para un ataúd con tapa de vidrio, para el lamparazo de un fotógrafo, expuesta más que nunca a la soledad de ser vista por el público de toda la ciudad, para los ojos con memoria, para la boca que repite, exagera, magnifica y eterniza.