LA PIEDAD
Abdón Ubidia, escritor ecuatoriano
Miró al niño y por un momento sintió miedo. ¿Podría salvarlo? El niño
jugueteaba entre las flores del jardín. Era pequeño y macizo, los rizos
castaños, un poco escasos cayéndole sobre la ancha frente. Los ojos negros,
grandes, inexpresivos; la nariz alta, los carrillos regordetes y rosados. «Está·
con su edad», se dijo mecánicamente. Esa era ya una frase cotidiana. La evocaba
sin sentirla cada vez que le sobrevenían los temores de siempre.
Vestida
de blanco y
gris, de pie
junto al capulí
recién podado lo
miraba: en la
risa del niño había algo
de la risa de
Xavier. No la configuración de
la boca entreabierta, sino la expresión toda del
rostro, o mejor, el conjunto del
rostro como moviéndose
por sobre un
fondo de indiferencia - ¿de prematuro abandono? -, que nunca consiguió
definir. “Son ideas mías”, se repitió. Esa era también una frase cotidiana
En un momento el niño giró sobre sí mismo, tropezó
y cayó entre la fila de geranios rojos que se alzaba al pie de la
pared de medianía.
Antes de que
alcanzara a llorar,
corrió hacia Él
y lo levantó.
Le limpió la
cara y las manos
sucias de tierra.
El niño no
lloró. Ventajosamente nada había
pasado, ni un rasguño.
«No
debes sobreprotegerlo», habría
dicho el bueno
de Antonio siempre
presto a dar
consejos. Alto flaco,
un poco tímido, Antonio
la visitaba un par de
veces a la
semana desde que murió Xavier.
Cualquier día se
llegaba con caramelos
o juguetes para
el niño. O
los acompañaba a
espectar películas de
dibujos animados en
las funciones de vermouth del
domingo. En la
penumbra de la
sala de cine,
lo veía aburrirse: bostezaba, se pasaba la mano por
los ojos intentaba fumar pero los cartelitos rojos le obligaban a guardar los
cigarrillos. En realidad la buscaba
y ella lo sabía. Jamás,
sin embargo, Él
hizo la menor insinuación al
respecto. Quizá era
el recuerdo de
Xavier, su pobre vida torturada, su suicidio, en fin. Ella por su parte prefería
que Antonio callara, tenerlo cerca como un buen amigo y nada más. Después . .
Ahora se inclinaba sobre su niño. Le arreglaba
el pelo, le acomodaba la
ropa. Cuando el niño se alejó, cabizbaja, un poco perdida para sí misma,
los hombros ligeramente recogidos, las
manos entrelazadas sobre
el vientre, se
introdujo en la
casa. Era una
villa muy pasada de moda. Los tumbados altos, las
ventanas altas y angostas, el
piso entablado de
duelas anchas. La hipoteca
que pesaba sobre
ella le impedía
venderla. Quizá· lo conseguiría
dentro de un
par de años
cuando acabara de pagar
la deuda heredada
de Xavier. «Entre
tanto ser· mejor
que la arriende
y me cambie
a un departamento», se decía de
tarde en tarde.
Los bajos alquileres que le ofrecían y más que eso,
algo como un oscuro ruego de alguien que clamaba en su memoria, le impedían
decidirse a hacerlo.
Pasó
frente a la
sala sin volver
la cabeza. Mantuvo
la mirada baja, los
pasos ligeros y siguió de
largo. Le ocurría en ocasiones. Sobre todo en las mañanas
de sol, cuando regresaba del jardín con los ojos encandilados y torpes de
tanta luz. Heridas
las retinas por
manchas informes, el
interior de la casa
de esta suerte
súbitamente envuelto en
sombras, le parecía
ver, en la
pared del fondo
de la sala,
una mancha más, ésta sí precisa, ocupando
el sitio en
donde antes estuviera
el piano de Xavier. Eran ideas suyas, qué duda cabía. Un efecto aletargado
de sus nervios.
Un juego imaginario de claroscuros que
se repetía en
sus retinas encandiladas. Cierto
que cuando vendió
ese piano -
a precio de
regalo y junto
a un montón
de otras antigüedades
que un vecino
negociante le compró
de prisa y sin pensarlo dos veces, porque
eran los tiempos
en que los
nuevos propietarios de la nueva
ciudad, llenaban de vejestorios sus nuevas residencias -, sobre la pared de la
sala quedó un recuadro claro, el espacio no hollado ni por el polvo ni la
luz, quién sabe
por cuantos años.
Cierto que ella lavó
la pared una
y otra vez,
y el piso también. Cierto que
no satisfecha con
esto hizo pintar
la sala y rasquetear el piso, en un Ímpetu tal que
poco después le llevó a hacer lo propio con la casa entera. Sin embargo, la idea
de lo que allí estuvo,
de lo que allí existió
y sonó, la memoria de lo que-ya-no-estaba, esa oquedad, ese vacío,
- esa exacta
ausencia con forma
y volumen, símbolo pleno de otras tantas ausencias que
poblaban la villa - no
dejaba, a veces,
de estremecerle la
piel, de obligarle a
buscar entonces, desesperadamente, el
auxilio de otras
ideas, de otros
pensamientos distintos. «Tengo
que abandonar esta
casa, como sea»,
se dijo por primera vez sin mentirse.
Inevitablemente
habría de recordar
la noche del
suicidio de Xavier.
Con el pistoletazo
vino la confusión.
Con los alaridos
de la sirvienta
llegaron los vecinos
y ella apenas
pudo verlos entre
el velo de
las lágrimas, precipitándose por
el interior de la casa hasta el
cuarto escritorio en
donde Xavier caído
en el suelo, un
poco de lado,
con los ojos
entrecerrados hacia arriba,
yacía junto a
ella que trataba
inútilmente de sostenerlo.
Un poco más
allá· estaba la pequeña pistola
recién disparada, y
sobre el tablero
del escritorio el
papel garabateado con la consabida declaración.
Los
vecinos debieron encontrarla
así: inclinada en el suelo, junto
a él, entre
la abundancia de
encajes y pliegues de
su salto de
cama, la cabeza
de él sobre
su regazo, un brazo suyo aferrado al cuerpo exánime, con la cara, no
exactamente presa de la angustia ni el terror sino con
esa austera estupefacción
que estampa la visión de lo irremediable.
Había
pasado ya el
primer año de
aquello. Si bien
ese recuerdo la sorprendía en
cualquier momento, alterándole los ritmos del corazón o quebrándole
la voz en la garganta,
esa voluntad suya
de resignación y estoicismo, pronto la ayudaba a dominarlo.
No era pues una obsesión ciega
y avasallante. No podía serlo
porque, vistas en la distancia, las cosas no pudieron ser de otra
manera. Y tal vez fue mejor que todo ocurriera así. Ahora
frente a la pequeña máquina
de escribir portátil que
recibiera a cambio
de la vieja
Underwoodde Xavier, con la mesa metálica que
comprara hace cosa
de seis meses,
atestada de la
correspondencia comercial a
medio traducir, para
las dos empresas
con las cuales
trabajaba sin contrato;
en el centro
de ese cuarto sombrío
y grande, antes
dizque destinado a huéspedes y a la fecha convertido en su
oficina, miraba la página blanca
como si no
fuera una página
ni estuviera en
blanco; como si
lo que tenía
ante sí fuésemos bien la vieja fotografía de un
paisaje o de un rostro ya perdido que, a veces, repentinamente se reencuentra,
al remover antiguas
cartas, y que sólo duele
con un dolor también viejo
y desvaído. Recordaba
o buscaba recordar no al muerto, al Xavier de la noche
aciaga sino al otro, al
vivo, al hombre
teatral e incierto
que fue envida,
al comediante. Lo
vio hosco, alcoholizado, monologando en
las largas horas
su estúpida comedia de
hombre trágico. Lo
vio cumplir, cien
veces, el ordenamiento
implacable de las
implacables instancias del
mismo rito, esa
suerte de misa
pagana que broncamente
oficiaba en sus
noches de borrachera.
Lo vio venir eufórico en
principio, los ojos
rutilantes, los ademanes
firmes y resueltos,
hablando de sí
mismo como si
hablara de un
dios personal; refocilándose
en su pretendido saber
y su prosapia;
proclamando soberbio su
indiscutible reinado en la mediocre ralea de amigos que
le rodeaban. Lo oyó luego
insultar, vocifera contra
todo y contra
todos. Lo vio
luego, inseguro, desmoronarse frente
al piano intentando
hilvanar en el teclado
amarillento, los acordes
de una sonata
repetida mil veces y
que siempre acababa
enrareciéndose, perdiendo
tono y densidad,
volviéndose un monótono retintín con
algo de melodía
de caja musical,
de villancico, de ronda
infantil. Y por ̇último, al término de
la torpe ceremonia,
lo vio venir
hacia ella, lloriqueante, implorando comprensión y
ayuda, dejándola entrever
que le rondaba
y perseguía la
idea del suicidio,
el exacto final
para esa vida
suya - según decía - equivocada y perdida
por su propia culpa desde luego,
por su falta
de fe y
su cobardía, por
no haber sabido esquivar a tiempo
los desesperados designios de su familia que le apartaron de lo único que podía
haber dado sentido a
su existencia: la música, el
arte, su vocación
de pianista, etc.,
etc., y lo
volvieron un burócrata, etc., etc
Al
comienzo fue el
terror de descubrirlo
así, como nunca en
su corto noviazgo
lo había imaginado,
descompuesto el personaje
que por obra
de un malentendido llegó a amar:
aquel hombre circunspecto, especial, atildado y suave, ese ́joven caballero antiguo que gustaba
de la música y
que era capaz
- en un mundo
de melenas afro,
de blue-jeans, de
gestos bruscos, que
ella llamaba frívolo
antes de comprender
que sólo era moderno -de cortejarla con ramos de flores e invitaciones
formales. Al comienzo fue el terror sí, la desazón, la angustia, la sospecha de
un gran fraude, de una gran estafa, de haberse estafado a sí misma al haber apostado todo
a un hombre
imaginario. Después vinieron las desesperadas tentativas suyas
de salvación y ayuda. Después,
los reclamos y
las amenazas de abandonarlo.
Si vuelves a beber, una sola vez más - le dijo
ella en una tarde de sábado y
con un tono
decidido e irrevocable -, te juro que me voy para
siempre
Xavier calló. Pudo
insinuar una evasión.
Decir, como otras veces, que nunca recordaba nada de lo
que hacía o decía cuando estaba
con tragos. Pudo
reaccionar violentamente y responder
a la amenaza
con la amenaza, a la arrogancia con la arrogancia.
En lugar de ello guardó un
silencio sereno, casi
digno, que ella quiso
interpretar como una
buena señal. Pero
dos días después
se repitió la
escena de siempre.
Ella supo que todo
seguiría igual. Supo
que le faltaba
el valor, la voluntad de abandonarlo. No fue el miedo a
la soledad lo que la
retuvo. Tampoco el
temor de afrontar
un porvenir imprevisible.
Fue la simple
certeza de que Xavier había entrado en su vida para
siempre
Durante
un tiempo intentó
cumplir para Él
el papel de madre. Intentó comprenderlo, buscarlo desde
su oscuro interior, justificarlo. Simuló
un desplazamiento: encomendó
al pasado las
culpas del presente:
se dijo una
y otra vez
que Xavier era
una víctima natural
de una familia empobrecida
y fatua. Que lo hicieron
así, de ese
modo. Le descubrió
el cansancio de
soportar sobre sus espaldas
el peso de
un remoto esplendor
provinciano que tres
generaciones de miseria
se encargaron de
exaltar. Le descubrió
un padre alcohólico que
le dictaba desde
la tumba, el
mismo sonsonete trágico que
repitiera en vida. Y a pesar de las evocaciones de
Xavier, le acomodó
una madre regañona
y distante. Nada
de eso bastó,
sin embargo, para dejar de comprobar, con la consiguiente
amargura, que lo que
explica, ni redime
ni enmienda, porque
los hechos del
presente sólo son,
existen, están, se presentan desnudos tal cual uno los ve o
los padece.
Y vino la época de las lluvias. Y vino el
verano. Un día se encontró embarazada.
Entre la incertidumbre
y la esperanza,
se vio crecer,
llenarse, cambiar. Por
fin nació el niño.
Y pasaron los meses. Y nuevamente, borrándose contra el perfil azul de la cordillera, las
densas nubes presagiaron la lluvia. Después del primer entusiasmo desbordante
de saberse padre, entusiasmo que ella temió que fuese exagerado, pronto volvió
Xavier a repartirse en su doble vida de empleado público y de bohemio nocturno.
Desde luego que sus borracheras no eran cosa de todos los días. Nunca lo
fueron. Se repetían dos o tres veces por semana. Pero en todo caso los finales
de fiesta eran siempre los mismos. En todo caso pesaban en sus vidas como una maldición.
Una mañana, sentada frente a la peinadora y con el niño dormido en sus
brazos, ella vio con un espanto helado a la mujer desarreglada y triste que la
miraba absorta desde el espejo. El pelo revuelto, el rostro amargo untado con
descuido de cold-crema, la salida de cama sucia y con un encaje desgarrado. «Dios
mío, qué ha sido de mí», se dijo al tiempo que la figura del espejo de ese
instante de estupor, volvía a serle familiar. Entonces procuró reconocer ya sin
asombro, pero en vano, bajo la capa de cold-crema, bajo la piel pálida del
rostro, detrás de los ojos resignados y del casi imperceptible rictus de la
boca, a la mujer que fuera un año y medio atrás y que sabía sonreír y agradar
con la gracia de una secretaria joven y despierta. Curiosamente no tuvo pena
por sí misma, sino por la otra, la que sólo existía ya como un recuerdo perdido
en medio de su memoria confundida y negligente. Tuvo pena de la otra como de
una muerta. Con todo, a partir de esa mañana, alternó sus obligaciones de madre
con un discreto cuidado personal que Xavier no dejó de advertir con alguna
inquietud. Otra mañana, mientras paseaba con el niño por un corredor, le acometió
un nuevo sobrecogimiento. De pronto le pareció que treinta años después y
durante un segundo, la forma exacta de su cuerpo y la forma exacta del cuerpo
del niño, habían coincidido en el mismo espacio, con las de Xavier y su madre
en uno de sus paseos por el mismo corredor. De pronto imaginó que su pequeño
era Xavier. Y creyó hallar en Xavier a su niño. Y creyó verlos como
superpuestos en un solo asombro a través del tiempo, aprendiendo la misma
cantinela trágica, el mismo amor por lo viejo, la desventura y el acabamiento.
Cuando regresó Xavier de su oficina, al medio día, ella no pudo evitar el contárselo
en breves palabras y con un dejo rencoroso en la voz.
Poco después ella vio venirse la desgracia. La vio clara, nítidamente:
el metal pavonado, las cachas de madera oscura, el cañón muy corto. Era una pequeña
pistola alemana de antes de la guerra que Xavier había exhumado de entre su colección
de fierros y antiguallas. Que la nueva ciudad se había tornado violenta, dijo.
Que temía que los asaltaran, dijo
Y empezó a llevarla consigo.
Y la noche presentida llegó. Xavier se levantó del
piano con los ojos extraviados, brumosos. Volcada sobre el piso estaba, vacía,
la botella de licor. Desde el umbral del dormitorio ella siguió los vacilantes
pasos que se dirigieron hacia el fondo de la casa. Esperé aterida. Después de
unos minutos lo vio regresar. Ahora tenía la pistola en la mano. Hablaba,
hablaba, hablaba, no paraba de hablar. Lo escuchó, lo miró gesticular frente a
ella como si estuviera colocada del otro lado de un cristal. Había lágrimas en
los ojos de Xavier cuando levantó, contra sÌ, la pistola. Ella no corrió hacia èl.
No forcejeó con él. No trató de arrebatarle el arma. No le suplicó nada. En
cambio, dio media vuelta y se introdujo en el dormitorio. Dejó que la puerta se
entornara sola y fue hacia el niño y lo calmó. Pasó un tiempo. Silencio total.
O casi total. Se oía duro, implacablemente el tic tac del reloj de péndulo de
la sala. Luego la voz de Xavier dijo algo. Luego lo oyó ir y venir pesadamente
de un lado a otro de la casa, pero siempre más allá· de la puerta apenas
cerrada del dormitorio. Ahora ella aguardaba con el aliento retenido, los ojos
cerrados con fuerza, abrazada al niño, aguardaba. Los minutos pasaron. Ella apagó
la luz. Los pasos de Xavier sonaban del lado de la puerta de la calle. Poco más
tarde sintió a Xavier que entraba con gran sigilo, que se acomodaba en silencio
junto a ella, que intentaba dormir
Las campanas del reloj trajeron tres o cuatro veces
en la noche profunda. La respiración de Xavier sonaba normal. En un momento, a
la luz de la diminuta lámpara que iluminaba la faz de la Dolorosa, lo observó
incorporarse cautelosamente. En ropa interior y descalzo, a pesar del frío del
invierno, Él se deslizó en silencio hacia el pasillo. Nunca tuvo ella tanto frío.
Cuidando de no hacer el menor ruido, se puso el salto de cama y lo siguió.
Xavier fue primero a la sala. Debía ayudarse con el reflejo del alumbrado público
que llegaba de la calle. Luego retornó por el pasillo hacia el cuatro
escritorio. En la ti-niebla total, sólo la memoria podía guiarlo. Cuando se encendió
la luz del escritorio y un vago resplandor amarillento iluminó el corredor,
ella no vaciló en acercarse hacia el agudo triángulo de luz que se estampaba al
fondo contra el piso y la pared. Y miró por la puerta entreabierta. Encontró a
Xavier inclinado sobre el mueble de caoba, borroneando la nota. Después se quedó
mirando lo escrito. Después levantó la pistola hacia sus sienes y volvió a
bajarla. La alzó y bajó dos o tres veces. Entonces permaneció inmóvil, sentado
de lado en la silla giratoria, la cabeza hundida entre los hombros, la frente
apoyada sobre el pudo crispado, la mano armada como muerta sobre el tablero de
caoba. Una vez más levantó pesadamente la pistola y luego la bajó. Era obvio
que no tendría la fuerza de hacerlo. Por eso ella le hizo saber que lo miraba,
y se le acercó suavemente y le acarició
el cabello como una madre, porque en verdad, nunca
lo amó como en esa noche, con tanta ternura y tanta piedad, y entonces lo ayudó
con una leve presión en el brazo, lo ayudó a subirse hacia las sienes, lo ayudó
a buscarse, lo ayudó a bien morir de esa manera, y no importó el fogonazo que
de todos modos no alcanzó a oír en la blanda noche, porque ahora el cuerpo aquél,
como demorado en el tiempo, en esos segundos lerdos y morosos, ya caía
lentamente hacia ella, que le ayudaba por fin a caer sin estrépito.
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