lunes, 27 de mayo de 2019

LA PIEDAD


LA PIEDAD
Abdón Ubidia, escritor ecuatoriano

Miró al niño y por un momento sintió miedo. ¿Podría salvarlo? El niño jugueteaba entre las flores del jardín. Era pequeño y macizo, los rizos castaños, un poco escasos cayéndole sobre la ancha frente. Los ojos negros, grandes, inexpresivos; la nariz alta, los carrillos regordetes y rosados. «Está· con su edad», se dijo mecánicamente. Esa era ya una frase cotidiana. La evocaba sin sentirla cada vez que le sobrevenían los temores de siempre.
Vestida  de  blanco  y  gris,  de  pie  junto  al  capulí  recién  podado  lo  miraba:  en  la  risa  del  niño  había  algo  de  la risa   de   Xavier.   No   la   configuración   de   la   boca   entreabierta, sino la expresión toda del rostro, o mejor, el  conjunto  del  rostro  como  moviéndose  por  sobre  un  fondo de indiferencia - ¿de prematuro abandono? -, que nunca  consiguió  definir.   “Son  ideas  mías”,  se  repitió.  Esa era también una frase cotidiana
En un momento el niño giró sobre sí mismo, tropezó y cayó entre la fila de geranios rojos que se alzaba al pie de  la  pared  de  medianía.  Antes  de  que  alcanzara  a  llorar,  corrió  hacia  Él  y  lo  levantó.  Le  limpió  la  cara  y las    manos    sucias    de    tierra.    El    niño    no    lloró.    Ventajosamente nada había pasado, ni un rasguño.
«No  debes  sobreprotegerlo»,  habría  dicho  el  bueno  de  Antonio  siempre  presto  a  dar  consejos.  Alto  flaco,  un poco  tímido,  Antonio  la  visitaba  un  par  de  veces  a  la  semana  desde  que  murió  Xavier.  Cualquier  día  se  llegaba  con  caramelos  o  juguetes  para  el  niño.  O  los  acompañaba  a  espectar  películas  de  dibujos  animados  en  las  funciones  de  vermouth  del  domingo.  En  la  penumbra   de   la   sala   de   cine,   lo   veía   aburrirse: bostezaba, se pasaba la mano por los ojos intentaba fumar pero los cartelitos rojos le obligaban a guardar los cigarrillos. En realidad la buscaba  y  ella  lo  sabía.  Jamás,  sin  embargo,  Él  hizo  la  menor insinuación   al   respecto.   Quizá   era   el   recuerdo   de   Xavier, su pobre vida torturada, su suicidio, en fin. Ella por su parte prefería que Antonio callara, tenerlo cerca como un buen amigo y nada más. Después . .
Ahora se inclinaba sobre su niño. Le arreglaba el pelo, le   acomodaba   la   ropa.   Cuando   el   niño   se   alejó,   cabizbaja, un poco perdida para sí misma, los hombros ligeramente  recogidos,  las  manos  entrelazadas  sobre  el  vientre,  se  introdujo  en  la  casa.  Era  una  villa  muy  pasada de moda. Los tumbados altos, las ventanas altas y  angostas,  el  piso  entablado  de  duelas  anchas.  La hipoteca  que  pesaba  sobre  ella  le  impedía  venderla. Quizá·  lo  conseguiría  dentro  de  un  par  de  años  cuando acabara  de  pagar  la  deuda  heredada  de  Xavier.   «Entre  tanto  ser·  mejor  que  la  arriende  y  me  cambie  a  un  departamento»,  se  decía  de  tarde  en  tarde.  Los  bajos  alquileres que le ofrecían y más que eso, algo como un oscuro ruego de alguien que clamaba en su memoria, le impedían decidirse a hacerlo.
Pasó  frente  a  la  sala  sin  volver  la  cabeza.  Mantuvo  la mirada  baja,  los  pasos  ligeros  y  siguió  de  largo.  Le  ocurría en ocasiones. Sobre todo en las mañanas de sol, cuando regresaba del jardín con los ojos encandilados y torpes  de  tanta  luz.  Heridas  las  retinas  por  manchas  informes,   el   interior   de   la   casa   de   esta   suerte   súbitamente  envuelto  en  sombras,  le  parecía  ver,  en  la  pared  del  fondo  de  la  sala,  una  mancha  más,  ésta    precisa,  ocupando  el  sitio  en  donde  antes  estuviera  el piano de Xavier. Eran ideas suyas, qué duda cabía. Un efecto  aletargado  de  sus  nervios.  Un  juego  imaginario de    claroscuros    que    se    repetía    en    sus    retinas    encandiladas.  Cierto  que  cuando  vendió  ese  piano  -  a  precio   de   regalo   y   junto   a   un   montón   de   otras   antigüedades  que  un  vecino  negociante  le  compró  de  prisa y sin pensarlo dos veces,  porque  eran  los  tiempos  en  que  los  nuevos  propietarios de la nueva ciudad, llenaban de vejestorios sus nuevas residencias -, sobre la pared de la sala quedó un recuadro claro, el espacio no hollado ni por el polvo ni  la  luz,  quién  sabe  por  cuantos  años.  Cierto  que  ella lavó  la  pared  una  y  otra  vez,  y  el  piso  también.  Cierto que   no   satisfecha   con   esto   hizo   pintar   la   sala   y rasquetear el piso, en un Ímpetu tal que poco después le llevó a hacer lo propio con la casa entera. Sin embargo, la  idea  de  lo  que  allí  estuvo,  de  lo  que  allí  existió  y sonó, la memoria de lo que-ya-no-estaba, esa oquedad, ese  vacío,  -  esa  exacta  ausencia  con  forma  y  volumen,  símbolo pleno de otras tantas ausencias que poblaban la villa  -  no  dejaba,  a  veces,  de  estremecerle  la  piel,  de obligarle   a   buscar   entonces,   desesperadamente,   el   auxilio  de  otras  ideas,  de  otros  pensamientos  distintos.   «Tengo  que  abandonar  esta  casa,  como  sea»,  se  dijo  por primera vez sin mentirse.
Inevitablemente   habría   de   recordar   la   noche   del   suicidio   de   Xavier.   Con   el   pistoletazo   vino   la   confusión.  Con  los  alaridos  de  la  sirvienta  llegaron  los  vecinos  y  ella  apenas  pudo  verlos  entre  el  velo  de  las  lágrimas, precipitándose por el interior de la casa hasta el  cuarto  escritorio  en  donde  Xavier  caído  en  el  suelo, un  poco  de  lado,  con  los  ojos  entrecerrados  hacia  arriba,  yacía  junto  a  ella  que  trataba  inútilmente  de  sostenerlo.  Un  poco  más  allá·  estaba  la  pequeña  pistola  recién  disparada,  y  sobre  el  tablero  del  escritorio  el  papel garabateado con la consabida declaración.
Los  vecinos  debieron  encontrarla  así:  inclinada  en  el suelo,  junto  a  él,  entre  la  abundancia  de  encajes  y pliegues  de  su  salto  de  cama,  la  cabeza  de  él  sobre  su regazo, un brazo suyo aferrado al cuerpo exánime, con la cara, no exactamente presa de la angustia ni el terror sino  con  esa  austera  estupefacción  que  estampa  la visión de lo irremediable.
Había  pasado  ya  el  primer  año  de  aquello.  Si  bien  ese recuerdo    la sorprendía    en    cualquier    momento,    alterándole los ritmos del corazón o quebrándole la voz en  la  garganta,  esa  voluntad  suya  de  resignación  y estoicismo, pronto la ayudaba a dominarlo. No era pues una   obsesión   ciega   y   avasallante.   No   podía   serlo   porque, vistas en la distancia, las cosas no pudieron ser de otra manera. Y tal vez fue mejor que todo ocurriera así.  Ahora  frente  a  la  pequeña  máquina  de  escribir portátil  que  recibiera  a  cambio  de  la  vieja  Underwoodde  Xavier,  con  la  mesa  metálica  que  comprara  hace  cosa  de  seis  meses,  atestada  de  la  correspondencia  comercial  a  medio  traducir,  para  las  dos  empresas  con  las  cuales  trabajaba  sin  contrato;  en  el  centro  de  ese cuarto  sombrío  y  grande,  antes  dizque  destinado  a huéspedes y a la fecha convertido en su oficina, miraba la  página  blanca  como  si  no  fuera  una  página  ni  estuviera  en  blanco;  como  si  lo  que  tenía  ante    fuésemos bien la vieja fotografía de un paisaje o de un rostro ya perdido que, a veces, repentinamente se reencuentra, al  remover  antiguas  cartas,  y  que  sólo  duele  con  un  dolor  también  viejo  y  desvaído.  Recordaba  o  buscaba  recordar no al muerto, al Xavier de la noche aciaga sino al  otro,  al  vivo,  al  hombre  teatral  e  incierto  que  fue  envida,   al   comediante.   Lo   vio   hosco,   alcoholizado, monologando  en  las  largas  horas  su  estúpida  comedia  de  hombre  trágico.  Lo  vio  cumplir,  cien  veces,  el  ordenamiento  implacable  de  las  implacables  instancias  del   mismo   rito,   esa   suerte   de   misa   pagana   que   broncamente  oficiaba  en  sus  noches  de  borrachera.  Lo  vio  venir  eufórico  en  principio,  los  ojos  rutilantes,  los  ademanes  firmes  y  resueltos,  hablando  de    mismo  como  si  hablara  de  un  dios  personal;  refocilándose  en su   pretendido   saber   y   su   prosapia;   proclamando   soberbio su indiscutible reinado en la mediocre ralea de amigos   que   le   rodeaban.   Lo   oyó   luego   insultar, vocifera contra  todo  y  contra  todos.  Lo  vio  luego,  inseguro, desmoronarse  frente  al  piano  intentando  hilvanar  en  el teclado  amarillento,  los  acordes  de  una  sonata  repetida mil   veces   y   que   siempre   acababa   enrareciéndose, perdiendo  tono  y  densidad,  volviéndose  un  monótono retintín   con   algo   de   melodía   de   caja   musical,   de villancico,  de  ronda  infantil.  Y  por   ̇último,  al  término  de   la   torpe   ceremonia,   lo   vio   venir   hacia   ella,   lloriqueante,    implorando    comprensión    y    ayuda,    dejándola  entrever  que  le  rondaba  y  perseguía  la  idea  del  suicidio,  el  exacto  final  para  esa  vida  suya  -  según  decía - equivocada y perdida por su propia culpa desde luego,  por  su  falta  de  fe  y  su  cobardía,  por  no  haber sabido esquivar a tiempo los desesperados designios de su familia que le apartaron de lo único que podía haber dado  sentido  a  su  existencia:  la  música,  el  arte,  su  vocación   de   pianista,   etc.,   etc.,   y   lo   volvieron   un   burócrata, etc., etc
Al  comienzo  fue  el  terror  de  descubrirlo  así,  como nunca   en   su   corto   noviazgo   lo   había   imaginado,   descompuesto   el   personaje   que   por   obra   de   un malentendido llegó a amar: aquel hombre circunspecto, especial, atildado y suave, ese  ́joven caballero antiguo que  gustaba  de  la  música  y  que  era  capaz  -  en  un mundo   de   melenas   afro,   de   blue-jeans,   de   gestos   bruscos,  que  ella  llamaba  frívolo  antes  de  comprender  que sólo era moderno -de cortejarla con ramos de flores e invitaciones formales. Al comienzo fue el terror sí, la desazón, la angustia, la sospecha de un gran fraude, de una gran estafa, de haberse estafado a sí misma al haber apostado   todo   a   un   hombre   imaginario.   Después   vinieron las desesperadas tentativas suyas de salvación y  ayuda.  Después,  los  reclamos  y  las  amenazas  de abandonarlo.
Si vuelves a beber, una sola vez más - le dijo ella en una   tarde   de   sábado   y   con   un   tono   decidido   e   irrevocable -, te juro que me voy para siempre
Xavier  calló.  Pudo  insinuar  una  evasión.  Decir,  como  otras veces, que nunca recordaba nada de lo que hacía o decía   cuando   estaba   con   tragos.   Pudo   reaccionar violentamente   y   responder   a   la   amenaza   con   la   amenaza, a la arrogancia con la arrogancia. En lugar de ello  guardó  un  silencio  sereno,  casi  digno,  que  ella  quiso  interpretar  como  una  buena  señal.  Pero  dos  días  después  se  repitió  la  escena  de  siempre.  Ella  supo  que todo  seguiría  igual.  Supo  que  le  faltaba  el  valor,  la voluntad de abandonarlo. No fue el miedo a la soledad lo  que  la  retuvo.  Tampoco  el  temor  de  afrontar  un  porvenir  imprevisible.  Fue  la  simple  certeza  de  que Xavier había entrado en su vida para siempre
Durante  un  tiempo  intentó  cumplir  para  Él  el  papel  de madre. Intentó comprenderlo, buscarlo desde su oscuro interior,    justificarlo.    Simuló    un    desplazamiento:    encomendó  al  pasado  las  culpas  del  presente:  se  dijo  una  y  otra  vez  que  Xavier  era  una  víctima  natural  de una  familia  empobrecida  y  fatua.  Que  lo  hicieron  así,  de  ese  modo.  Le  descubrió  el  cansancio  de  soportar sobre  sus  espaldas  el  peso  de  un  remoto  esplendor  provinciano   que   tres   generaciones   de   miseria   se   encargaron    de    exaltar.    Le    descubrió    un    padre alcohólico  que  le  dictaba  desde  la  tumba,  el  mismo  sonsonete trágico que repitiera en vida. Y a pesar de las evocaciones    de    Xavier,    le    acomodó    una    madre    regañona  y  distante.  Nada  de  eso  bastó,  sin  embargo,  para dejar de comprobar, con la consiguiente amargura, que  lo  que  explica,  ni  redime  ni  enmienda,  porque  los  hechos   del   presente   sólo   son,   existen,   están,   se presentan desnudos tal cual uno los ve o los padece.
Y vino la época de las lluvias. Y vino el verano. Un día se  encontró  embarazada.  Entre  la  incertidumbre  y  la  esperanza,  se  vio  crecer,  llenarse,  cambiar.  Por  fin  nació el niño.
Y pasaron los meses. Y nuevamente, borrándose  contra el perfil azul de la cordillera, las densas nubes presagiaron la lluvia. Después del primer entusiasmo desbordante de saberse padre, entusiasmo que ella temió que fuese exagerado, pronto volvió Xavier a repartirse en su doble vida de empleado público y de bohemio nocturno. Desde luego que sus borracheras no eran cosa de todos los días. Nunca lo fueron. Se repetían dos o tres veces por semana. Pero en todo caso los finales de fiesta eran siempre los mismos. En todo caso pesaban en sus vidas como una maldición.
Una mañana, sentada frente a la peinadora y con el niño dormido en sus brazos, ella vio con un espanto helado a la mujer desarreglada y triste que la miraba absorta desde el espejo. El pelo revuelto, el rostro amargo untado con descuido de cold-crema, la salida de cama sucia y con un encaje desgarrado. «Dios mío, qué ha sido de mí», se dijo al tiempo que la figura del espejo de ese instante de estupor, volvía a serle familiar. Entonces procuró reconocer ya sin asombro, pero en vano, bajo la capa de cold-crema, bajo la piel pálida del rostro, detrás de los ojos resignados y del casi imperceptible rictus de la boca, a la mujer que fuera un año y medio atrás y que sabía sonreír y agradar con la gracia de una secretaria joven y despierta. Curiosamente no tuvo pena por sí misma, sino por la otra, la que sólo existía ya como un recuerdo perdido en medio de su memoria confundida y negligente. Tuvo pena de la otra como de una muerta. Con todo, a partir de esa mañana, alternó sus obligaciones de madre con un discreto cuidado personal que Xavier no dejó de advertir con alguna inquietud. Otra mañana, mientras paseaba con el niño por un corredor, le acometió un nuevo sobrecogimiento. De pronto le pareció que treinta años después y durante un segundo, la forma exacta de su cuerpo y la forma exacta del cuerpo del niño, habían coincidido en el mismo espacio, con las de Xavier y su madre en uno de sus paseos por el mismo corredor. De pronto imaginó que su pequeño era Xavier. Y creyó hallar en Xavier a su niño. Y creyó verlos como superpuestos en un solo asombro a través del tiempo, aprendiendo la misma cantinela trágica, el mismo amor por lo viejo, la desventura y el acabamiento. Cuando regresó Xavier de su oficina, al medio día, ella no pudo evitar el contárselo en breves palabras y con un dejo rencoroso en la voz.
Poco después ella vio venirse la desgracia. La vio clara, nítidamente: el metal pavonado, las cachas de madera oscura, el cañón muy corto. Era una pequeña pistola alemana de antes de la guerra que Xavier había exhumado de entre su colección de fierros y antiguallas. Que la nueva ciudad se había tornado violenta, dijo. Que temía que los asaltaran, dijo
Y empezó a llevarla consigo.
Y la noche presentida llegó. Xavier se levantó del piano con los ojos extraviados, brumosos. Volcada sobre el piso estaba, vacía, la botella de licor. Desde el umbral del dormitorio ella siguió los vacilantes pasos que se dirigieron hacia el fondo de la casa. Esperé aterida. Después de unos minutos lo vio regresar. Ahora tenía la pistola en la mano. Hablaba, hablaba, hablaba, no paraba de hablar. Lo escuchó, lo miró gesticular frente a ella como si estuviera colocada del otro lado de un cristal. Había lágrimas en los ojos de Xavier cuando levantó, contra sÌ, la pistola. Ella no corrió hacia èl. No forcejeó con él. No trató de arrebatarle el arma. No le suplicó nada. En cambio, dio media vuelta y se introdujo en el dormitorio. Dejó que la puerta se entornara sola y fue hacia el niño y lo calmó. Pasó un tiempo. Silencio total. O casi total. Se oía duro, implacablemente el tic tac del reloj de péndulo de la sala. Luego la voz de Xavier dijo algo. Luego lo oyó ir y venir pesadamente de un lado a otro de la casa, pero siempre más allá· de la puerta apenas cerrada del dormitorio. Ahora ella aguardaba con el aliento retenido, los ojos cerrados con fuerza, abrazada al niño, aguardaba. Los minutos pasaron. Ella apagó la luz. Los pasos de Xavier sonaban del lado de la puerta de la calle. Poco más tarde sintió a Xavier que entraba con gran sigilo, que se acomodaba en silencio junto a ella, que intentaba dormir
Las campanas del reloj trajeron tres o cuatro veces en la noche profunda. La respiración de Xavier sonaba normal. En un momento, a la luz de la diminuta lámpara que iluminaba la faz de la Dolorosa, lo observó incorporarse cautelosamente. En ropa interior y descalzo, a pesar del frío del invierno, Él se deslizó en silencio hacia el pasillo. Nunca tuvo ella tanto frío. Cuidando de no hacer el menor ruido, se puso el salto de cama y lo siguió. Xavier fue primero a la sala. Debía ayudarse con el reflejo del alumbrado público que llegaba de la calle. Luego retornó por el pasillo hacia el cuatro escritorio. En la ti-niebla total, sólo la memoria podía guiarlo. Cuando se encendió la luz del escritorio y un vago resplandor amarillento iluminó el corredor, ella no vaciló en acercarse hacia el agudo triángulo de luz que se estampaba al fondo contra el piso y la pared. Y miró por la puerta entreabierta. Encontró a Xavier inclinado sobre el mueble de caoba, borroneando la nota. Después se quedó mirando lo escrito. Después levantó la pistola hacia sus sienes y volvió a bajarla. La alzó y bajó dos o tres veces. Entonces permaneció inmóvil, sentado de lado en la silla giratoria, la cabeza hundida entre los hombros, la frente apoyada sobre el pudo crispado, la mano armada como muerta sobre el tablero de caoba. Una vez más levantó pesadamente la pistola y luego la bajó. Era obvio que no tendría la fuerza de hacerlo. Por eso ella le hizo saber que lo miraba, y se le acercó suavemente y le acarició
el cabello como una madre, porque en verdad, nunca lo amó como en esa noche, con tanta ternura y tanta piedad, y entonces lo ayudó con una leve presión en el brazo, lo ayudó a subirse hacia las sienes, lo ayudó a buscarse, lo ayudó a bien morir de esa manera, y no importó el fogonazo que de todos modos no alcanzó a oír en la blanda noche, porque ahora el cuerpo aquél, como demorado en el tiempo, en esos segundos lerdos y morosos, ya caía lentamente hacia ella, que le ayudaba por fin a caer sin estrépito.

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