Fragmento
- Don Santander, cuente cómo se hizo la Nariz del Diablo....
Y él contó:
Tallaban la roca -como ya había dicho-, y un día volvieron del trabajo y supieron los que no habían ido.
- Ahora sí que es cierto, lo vimos todos.
La dinamita retumbaba ronca de minuto en minuto. Los chicos se acercaban. Muchos no se sabía de ellos.
- También vuelan con la dinamita
__ Van esperjeados, los brazos y las piernas por su cuenta.
Ordenaron que subieran. Y no obedecieron; se agruparon -indios, costeños, serranos, gringos, negros-, se opusieron a ir al trabajo.
- No es posible. Hemos venido a ganar la plata.
- Y nos matan como si fuéramos animales. Los negros eran los que más padecían. Los vieron enlazados por la cintura, muertos. Antes, habían pedido muchas veces que los subieran, que tenían se. Y si no, allí estaba lo que hizo el negro Borell: guindado desde las seis de la mañana, trabajaba con la pica tallando la roca; se paró cogido del cabo, y gritó:
-¡Pasen agua, que tengo sed!
Nadie le contestó. Siguió trabajando hasta las once. Entonces el calor lo alocaba. El sol estaba en un cielo azul, azul.
- Denme agua, que tengo sed.
Los hombres pasaban diciendo:
- Es negro, que aguante.
El sol se hacía más caluroso. La roca restallaba su foete canicular sobre la cara del negro. De arriba los hombres veían sin decir nada. Sudaba y picaba la roca. La piedra saltaba astillada a su cara. Le ardían los ojos. Tenía la boca seca.
- Denme agua, maldita sea.
Ya no trabajó más. Intentó subirse por el cabo. A la mitad le faltaron las fuerzas y cayó gritando, con las manos alzadas y abiertas las piernas, como una piedra más, de cabeza contra una saliente. Dejó manchada la piedra de sangre y sesos. Lo vieron muchos y gritaron:
-¡Ustedes tiene la culpa, que no le dieron agua!
Y le respondieron:
-Eso no es nada, paso siempre.
Por eso estaban amontonados. Ocupaban una hondonada pequeña, allí estaban en muchedumbre, flacos, con las blusas rotas, los pies y las manos hinchadas. Estaban los indios que nada decían, sino que aullaban y tocaban un cuerno desde las colinas; los costeños que accionaban y gritaban; los negros hediondos, casi sin ropa; los gringos hablando enfurecidos.
- ¡No trabajamos si no se nos garantiza! Vinieron los capataces con foetes en las manos
- ¡A trabajar, se ha dicho!
- ¡Van por buenas o por malas!
Estaban borrachos. Tenían botas - rodilleras, pantalones de montar y gruesas camisas. Eran cholos costeños, longos interioranos, gringos del norte. al verlos, algunos se calmaron. Muchos indios se dirigieron a los carros.
La dinamita bufaba. Cuando vinieron nada se les dijo. Se los trajo, explicándoles que era una gran obra que hacía el general Alfaro, que la patria haría de ellos un río de glorias. La dinamita rugía. Ahora se les obligaba a trabajar. A veces les adeudaban hasta dos semanas....
Los reunieron en manada. Más o menos doscientos hombres. Los metieron en los carritos de llevar el cascajo. Subieron por el mismo sendero de siempre. Tronaba la dinamita. Era de hacer una escalera vertical en la roca, una escalera en zigzag, como una zeta perpendicular a la quebrada. Trabajaron molestados por un ventarrón frío que traía arena que la metía en la boca, los ojos, los oídos. Hacía sed. Se rajaban los labios. La roca tenía color de carne; rojo oscuro con vetas grises. Se mecían. Y atolodraba el chillido de las poleas. Santander estaba bien hasta contar esto. Aquí le saltaron los ojos, los fijó en el infinito, y entre inglés y castellano, dijo:
-Los vi, muchos, sí, muchos volaron junto con las piedras... y yo vi a Johnson quedar muerto y amarrado con la cabeza rota... Y antes también vi negros, ¡pobres negros!, amarrados y muertos de tres días...
El capataz se enfurecí. Disparó e hirió a uno. Se arqueó el herido como un sesgo y sin gritar se echo al suelo.
- Si no van, ya ven lo que he hecho. Fueron todos, caminando lento, y él atrás, amenazándolos con la pistola e insultándolos:
- ¡Animales del carajo! ¡Tanto que se hacen de rogar para que trabajen!
Trabajaron, huyendo cada media hora. La piedra caía. La lluvia arreciaba. Venía un ventarrón que graznaba al rozarse con los picos de las montañas. Era más difícil sacar la tierra hecha dura en barro.
Estaban borrachos. Tenían botas - rodilleras, pantalones de montar y gruesas camisas. Eran cholos costeños, longos interioranos, gringos del norte. al verlos, algunos se calmaron. Muchos indios se dirigieron a los carros.
La dinamita bufaba. Cuando vinieron nada se les dijo. Se los trajo, explicándoles que era una gran obra que hacía el general Alfaro, que la patria haría de ellos un río de glorias. La dinamita rugía. Ahora se les obligaba a trabajar. A veces les adeudaban hasta dos semanas....
Los reunieron en manada. Más o menos doscientos hombres. Los metieron en los carritos de llevar el cascajo. Subieron por el mismo sendero de siempre. Tronaba la dinamita. Era de hacer una escalera vertical en la roca, una escalera en zigzag, como una zeta perpendicular a la quebrada. Trabajaron molestados por un ventarrón frío que traía arena que la metía en la boca, los ojos, los oídos. Hacía sed. Se rajaban los labios. La roca tenía color de carne; rojo oscuro con vetas grises. Se mecían. Y atolodraba el chillido de las poleas. Santander estaba bien hasta contar esto. Aquí le saltaron los ojos, los fijó en el infinito, y entre inglés y castellano, dijo:
-Los vi, muchos, sí, muchos volaron junto con las piedras... y yo vi a Johnson quedar muerto y amarrado con la cabeza rota... Y antes también vi negros, ¡pobres negros!, amarrados y muertos de tres días...
El capataz se enfurecí. Disparó e hirió a uno. Se arqueó el herido como un sesgo y sin gritar se echo al suelo.
- Si no van, ya ven lo que he hecho. Fueron todos, caminando lento, y él atrás, amenazándolos con la pistola e insultándolos:
- ¡Animales del carajo! ¡Tanto que se hacen de rogar para que trabajen!
Trabajaron, huyendo cada media hora. La piedra caía. La lluvia arreciaba. Venía un ventarrón que graznaba al rozarse con los picos de las montañas. Era más difícil sacar la tierra hecha dura en barro.
A las tres de la tarde fue un alarido inmenso de la montaña, un arrastrarse en galope a las piedras con un ruido que atontaba. El capataz corrió el primero. Ellos se quedaron mirando la montaña y corrieron, cuando una piedra no muy grande aplastó la cara de Chuquicela y lo tiró de espaldas. Pero el alud asomaba su boca de dientes de piedra. No quedó uno. Largo tiempo vibró en el aire el grito de la montaña.
Él - Santander- los veía aún en su imaginación. Sí, los veía bajo ese toldo gris de tierra que los envolvió: con los brazos al aire, muchos arrodillados, con la cabeza entre las rodillas y las manos sobre la cabeza; algunos quisieron salir del toldo y las piedras los fracasaron por la cintura, como a un árbol decapitado. Algunos, heridos en el tórax, se arrastraban con las manos, mientras las piernas eran una cola inútil, gritando espantosamente. No quedó uno. Santander callaba. Con la cabeza agachada....
- Yo ya soy viejo, pero me hice más viejo allí
- ¡Y había algo peor!, lo cuentan muchos y debe ser verdad: que mataban para no pagarnos.
En los labios negros y gruesos asomaba una sonrisa de desengaño. Los demás que lo oían no comprendían, en verdad, lo que opinaba el negro.
- Pero, don Santander, si el ferrocarril es lo mejor...
Él los cortó groseramente.
- ¿Ustedes qué saben?; ustedes no han trabajado allí. El negro se hizo viejo en la línea.
- Alfaro, y dicen que García Moreno también, fueron los que hicieron la línea. Por eso ya el uno tiene estatua.
- Ellos no hicieron nada, no trabajaron. No; ellos no comprenderían lo que les dijo Santander. Y a más Santander era loco, y;
- Los locos no son hijos de Dios.
Adentrado en la noche, rompía lo oscuro con el brillo de sus ojos, con el rechinar lechoso de sus dientes. La barba ceniza se hacía dos puntas que salían de los mentones, dos puntas gemelas a los cuernos de pelo sobre la frente. Su ropa rota caía en trapos sobre el cuerpo. Su voz, la voz lejana, desde la línea, hasta ahora mismo decía:
- Negro Santander se va a morir!
Los peones nada hablaban. Chillaba el silencio como un grillo.
- De repente se muere el negro Santander.
CRÍTICA LITERARIA: Quipus http://repositorio.uasb.edu.ec/bitstream/10644/3942/1/02-HO-Velasquez.pdf
Él - Santander- los veía aún en su imaginación. Sí, los veía bajo ese toldo gris de tierra que los envolvió: con los brazos al aire, muchos arrodillados, con la cabeza entre las rodillas y las manos sobre la cabeza; algunos quisieron salir del toldo y las piedras los fracasaron por la cintura, como a un árbol decapitado. Algunos, heridos en el tórax, se arrastraban con las manos, mientras las piernas eran una cola inútil, gritando espantosamente. No quedó uno. Santander callaba. Con la cabeza agachada....
- Yo ya soy viejo, pero me hice más viejo allí
- ¡Y había algo peor!, lo cuentan muchos y debe ser verdad: que mataban para no pagarnos.
En los labios negros y gruesos asomaba una sonrisa de desengaño. Los demás que lo oían no comprendían, en verdad, lo que opinaba el negro.
- Pero, don Santander, si el ferrocarril es lo mejor...
Él los cortó groseramente.
- ¿Ustedes qué saben?; ustedes no han trabajado allí. El negro se hizo viejo en la línea.
- Alfaro, y dicen que García Moreno también, fueron los que hicieron la línea. Por eso ya el uno tiene estatua.
- Ellos no hicieron nada, no trabajaron. No; ellos no comprenderían lo que les dijo Santander. Y a más Santander era loco, y;
- Los locos no son hijos de Dios.
Adentrado en la noche, rompía lo oscuro con el brillo de sus ojos, con el rechinar lechoso de sus dientes. La barba ceniza se hacía dos puntas que salían de los mentones, dos puntas gemelas a los cuernos de pelo sobre la frente. Su ropa rota caía en trapos sobre el cuerpo. Su voz, la voz lejana, desde la línea, hasta ahora mismo decía:
- Negro Santander se va a morir!
Los peones nada hablaban. Chillaba el silencio como un grillo.
- De repente se muere el negro Santander.
CRÍTICA LITERARIA: Quipus http://repositorio.uasb.edu.ec/bitstream/10644/3942/1/02-HO-Velasquez.pdf
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